viernes, 14 de noviembre de 2008

Mi primer día


Principios de los noventa, lluvia, sabía que se repetiría lo mismo que el año anterior, definitivamente, si lo sabía. Paseábamos mi madre y yo de la mano, cerca del puerto, mirando el mar. El paseo era divertido, igual que el año pasado, pero esta vez ya conocía el destino que no era otro que la escuela, una pequeña gran casa escondida tras la calle de “ Torrecedeira “ de Vigo. Era un lugar bonito, buenas vistas, niños como yo, monjas amables, pero muy frío, austero, no me gustaba la escuela y, a medida que avanzaba el paseo crecían mis ganas de darme la vuelta, de soltar la mano de mi mamá y retroceder. Pero ya era demasiado tarde, cuando vi a la desesperada el momento clave ya era demasiado tarde, me vi dentro del edificio, hice un intento evasivo pero ya era ya inútil, me agarraron y como un preso me llevaron, contra mi voluntad al interior del aula cinco. Me frustró estar atrapado y no poder salir, o quizás fue notar mis ojos húmedos y que mis gritos no sirvieran para otra cosa que ver en última instancia a mi madre en la puerta compartiendo mi agobio pero nada más. Lo cierto es que nunca me gustaron los primeros días de clase, ni los segundos, ni los terceros … La verdad es que el colegio y su entorno nunca fueron de mi agrado, así resulta paradójico que mi deseo sea permanecer en el casi hasta el resto de mi vida.



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