domingo, 16 de noviembre de 2008

Mi primer día de cole

Mi primer día
Apenas recuerdo mi primer día de colegio, tan sólo guardo vagos recuerdos... Lo único que sí sé es que ese fue el primer día de muchos, el inicio de una nueva etapa, el comienzo de lo que pronto se convertiría en mi segunda familia, pues en la escuela es en donde pasé gran parte de mi vida.

Realmente, para mí, hubo muchos primeros días, pues continuamente cambiaba de colegio por cuestiones de trabajo de mis padres, así que casi cada año padecía los nervios y y la incertidumbre de saber cómo sería mi maestro o maestra, quiénes serían mis compañeros/as...

El día que pisé una escuela por primera vez, con tres años, estaba muy asustada y desorientada. Me acompañó mi madre, como a todos/as mis compañeros/as, pero a diferencia de los demás, yo no lloré. Me quedé muy impresionada con la decoración del aula y la magnitud de ésta, ¡era enorme! (o eso me lo parecía a mí). Había dibujos en las paredes, así como el abecedario y los números, al fondo se encontraba una casa gigantesca en la que me encantaba meterme dentro para jugar y crear mi propio mundo imaginario. Sin duda, eso era lo que más me gustó. También había cientos de juegos en todos los rincones y una manta muy colorida colocada en el centro de la clase sobre la que nos sentábamos para hacer las asambleas.
El primer día hicimos un juego de presentación, que no recuerdo su nombre, con el fin de conocer nuestros nombres. La maestra, una mujer muy cariñosa y siempre alegre, nos dio plastelina, que usamos para hacer nuestras obras de arte, y también creo que utilizamos témperas para pintar con los dedos (esto lo sé porque mi madre me contó que llegué a casa manchada de pintura). Pintar con los dedos nos encantaba a todos.

El colegio era bastante grande; constaba de dos edificios, uno para educación infantil y otro para educación primaria. El de educación infantl tenía solamente una planta, mientras que el de primaria constaba de tres. Había un patio para cada edificio y varias maestras se encargaban de que ningún niño/a se colara en el patio que no le correspondía. En el centro de los dos edificios (pues uno estaba enfrente del otro) había otro patio, que era donde formábamos todos las filas para poder empezar la jornada. El patio de infantil tenía toboganes y columpios, en los que jugábamos y jugábamos sin parar. En ese colegio sólo estuve el primer año de educación infantil y luego volví en primaria. De ese año recuerdo especialmente a Begoña, mi compañera de juegos, y a la que yo llamaba "Cebolla", pues tardé mucho tiempo en aprenderme su nombre, así que de alguna manera tenía que llamarla hasta entonces, ¿no?

Lo que menos me gustó de ese primer día fue el alboroto que había en la clase: niños llorando en los rincones, otros tirándose de los pelos, otros gritando... Eso nunca se me olvidará, pues fue algo que me acompañó durante toda la educación infantil.



Amanda Louro Pérez

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